
Mi nombre legal es Gloria de la Concepción Méndez Estévez, aunque sólo lo saben los más allegados y las oficinas gubernamentales, oficinas bancarias, centros de salud, notarías, registros… y otros que requieren del nombre legal para identificar a las personas… bueno, mis padres me bautizaron así, pero hasta mi mamá (y esto fue verídico), más de una vez, al responder el teléfono, le dijo a la persona que llamaba preguntando por Gloria Méndez que efectivamente ese era el número de la familia Méndez pero que allí no vivía ninguna Gloria, y sólo después de un rato se le ocurrió pensar que la llamada tal vez era para “Conny”. Gloria, fue el resultado del Santoral Católico pues nací un sábado de gloria en plena Semana Santa. El agregado “de la Concepción” si tenía su intención desde el inicio, pues simplemente mis padres querían nombrarme como a la tía de mi papá (la hermana de mi abuelo) a quien todos conocen como Conny Méndez, pero su segundo apellido es Guzmán. Es por eso y por ella, que también todos me conocen a mí como Conny Méndez… pero con Estévez añadido (es mi segundo apellido), y aunque mi nombre de bautizo me parece fenomenal, muy significativo y hermoso, respondo por Conny y no por Gloria. Hago esta introducción y aclaratoria pues Conny Méndez Guzmán (mi tía abuela) es muy conocida, querida, admirada y respetada…Una de las mujeres más fabulosas que haya protagonizado la historia venezolana del siglo XX… pero Yo soy Yo, compartiendo el mismo nombre ¿causalidad?... La Maestra de Metafísica fue mi tía Conny Méndez Guzmán a quién bautizaron como Juana María de la Concepción. Vale la aclaratoria porqué no quiero publicar bajo el nombre de mi bautizo sino con el familiar Conny Méndez Estévez ya conocido por toda mi familia, todos mis amigos, pacientes, alumnos, vecinos, colaboradores y gente bella que se me acercan en mi diario vivir. Yo también soy Conny, y así me llaman desde niñita. Estudié Educación y soy docente pero no “Maestra”… mis alumnos me llamaron siempre profe… o simplemente Conny al igual que todo el mundo. Me encanta enseñar de todo lo que voy aprendiendo y me confieso curiosa. Ya no imparto clases en aulas, ni en talleres de creatividad infantil, por lo pronto me he dedicado a investigar y desarrollar un método de aprendizaje que permita confirmar y activar dones, talentos y percepciones que yo misma había considerado misteriosos e inalcanzables para las personas “comunes” como yo, limitantes con la fantasía, si se quiere, de estudiantes de filosofía oriental, videntes, sanadores y otros seres “iluminados” o “especiales”. Esa continua búsqueda tuvo como motivación primaria contribuir a un mundo mejor, más consciente, menos contaminado, más humano… ¿pero cómo? ¿Cuales eran mis talentos y cómo desarrollarlos?... ¿Qué iba a hacer con mi vida?...Me gustaba (y aún me gusta) cantar, bailar, el contacto directo con la naturaleza: las flores, los árboles, los animalitos, la ecología… me gustaba (y aún me gusta) leer, la música, conversar, aprender, jugar… me gustaba (y aún me gusta) crear, los seres humanos, los diversos modos de pensar y de ser… me gustaba (y aún me gusta) viajar, cocinar, celebrar, caminar, ayudar, sentirme útil… y entonces ¿qué carrera o profesión reunía todo lo que me gustaba? Me sentía como “cucaracha en baile de gallina”. Cuando revisaba las cosas que me gustaban las veía muy dispersas.“¡Ajá!”, pensé, “seguramente debe ser alguna cosa humanista o artística”, pero todavía no me convencía. Además estaban todas las “metas” que te metían en la cabeza cuando estaba jovencita: “Tienes que casarte, tener hijos, una casa, un trabajo bien remunerado, un renombre o posición en la vida y todas esas ideas para llegar a ser “alguien” en la vida”. Así se pensaba y era eso lo que te repetían una y otra vez. Pero, en mi interior, siempre estaba esa vocecita suave que yo no sabía reconocer ni escuchar.Intenté estudiar “algo” y también trabajar en “algo” para reinsertarme en la sociedad como una ciudadana útil y con un empleo “con futuro” y bien remunerado: Así que me dí a la tarea de estudiar inicialmente Comercio Exterior, fue una buena experiencia pero no tenía nada que ver conmigo, así que después de 2 semestres me retiré de la carrera. Fui Secretaria Ejecutiva, escribí cuentos (que nunca se publicaron con anterioridad, ahora tengo la oportunidad de darlos a conocer por esta vía), canté con mi hermano que es músico y con grupos de música venezolana (más por hobbie que por otra cosa) pero, por supuesto que eso no generaba ingresos. Participé en grupos de reciclaje y agricultura urbana, grupos ecológicos. Preparé y vendí yogourt, aprendí a tejer macramé, ganchillo y telares de manera muy rudimentaria (nunca vendí nada de lo que hice). Hice velas artesanales que parecían galletitas y que apetecían comerlas (esas si que las vendí). Paralelamente me paseé por grupos “espirituales” y filosóficos de diversa índole. Me peleé con la religión cristiana y me volví a reconciliar. Viví enamorada, buscando también al príncipe azul de los cuentos de hadas. Hubo momentos de lucidez en el cual privó la decisión de entrar en contacto con los niños –“Bueno Conny, si quieres contribuir a cambiar el mundo tiene que ser a través de los niños”- me encontré diciéndome a mí misma en múltiples ocasiones. Y fue así, en múltiples ocasiones, que ese contacto se dio: impartiendo catequesis durante mi pubertad, como voluntaria en planes vacacionales durante mi adolescencia y finalmente como Docente para Educación Preescolar, cuando por fin decidí completar en algo mis estudios. Compartir con niños pequeños parecía reunir todas mis tendencias: jugar, cantar, bailar, curiosear la vida, contar cuentos, ayudar a otros, aprender, investigar, la ecología, el contacto con la naturaleza, con todas las criaturas… ¿sería eso?...La universidad de la ciudad en la que vivo ahora y en la cual también vivía para entonces, no tenía (en ese momento) la mención de Educación Preescolar que yo andaba buscando, así que me fui a la capital y decidí que tenía que ser “rápido” y opté por una carrera corta de Técnico Superior. Me entregué con alma, vida y corazón. El grado fue con honores y la realidad (al salir y regresar a mi entorno) con decepciones… no por los niños, ellos son maravillosos y sabios… era todo lo demás: descubrí que las aulas de clase me hacían sentirme ahogada y presa. Entonces me reinventé con talleres extraescolares que me permitieran compartir valores, más todo lo demás que se fuera incorporando a nuestras vidas. Ya no eran niños en edad preescolar solamente, ahora estaba descubriendo las bellísimas facetas de cada edad: un conjunto multicolor de seres, tan curiosos como yo por la vida, llenos de preguntas y talentos. Pero eso no era lo único que estaba sucediendo: la gente a mi alrededor siempre se me acercaba para contarme sus problemas y pedirme consejos, llegué a pensar que tenía un imán para atraer “problemas” y quería resolverle la vida a todo el mundo: ¡que agotadora tarea!... Sentía temor por los adolescentes y evité trabajar con ellos, fue en vano, también compartí con adolescentes, aunque más adelante, después de compartir con adultos primero.Un día (definitivamente bendito) llegó a mis manos una fotocopia del libro “La curación por las flores” del Dr. Edward Bach. Cuando lo leí, algo dentro de mí supo que allí se encontraba lo que había estado buscando tanto… pero ¿cómo?, yo no era ni soy médico, ni enfermera, ni psicólogo, ni tenía ninguna experiencia previa ni preparación alguna que me permitiera seguir ese camino… la sola idea de ver “sangre” o alguien muy enfermo me mareaba y me hacía sentir mal. Claro que si me inclinaba por el naturismo, la homeopatía, la fitoterapia y eran esas las corrientes a las que acudía cuando yo misma me sentía enferma, pero nada más. Conservé el librito y lo releía de cuando en cuando, acercándome (de cuando en cuando también) a las flores de mi jardín y de mi entorno, hablándoles desde mi cabeza y hasta en voz alta, pidiéndoles respuestas. Mientras, preguntaba sobre las Flores de Bach y la gente me miraba como extraterrestre, pues aún no se conocían. Por fin “pasaron cosas”, dolorosas, un sacudón para despertar, y la esposa de un gran amigo tenía las benditas Flores de Bach y me las recetó para ayudarme con “el amargo episodio”. ¡Sorpresa!. ¡Estaba funcionando! ¡Mucho más allá de mis expectativas! Recibí ayuda, soporte, equilibrio… Pedro López Clemente se hizo presente con un taller de un fin de semana sobre Flores de Bach, fue ese mi único contacto “formal”: la información se abrió caminos.Las circunstancias y aprendizajes de vida me colocaron al lado de un médico, él tenía las Flores de Bach y los pacientes; las utilizaba como complemento de sus terapias de Medicina Holística, y a mí me tocó elegir entre los talleres con los niños o dedicarme a aprender la muy ardua tarea de desempeñarme como su asistente. Elegí lo segundo. De la noche a la mañana me encontré recibiendo pacientes, escuchando sus dudas, sus temores, sus vicisitudes, sus quejas, sus problemas, sus dolores. Me encontré a mí misma repitiendo las instrucciones que el médico les sugería seguir para mejorar su salud y la de sus familiares. Me encontré aprendiendo y haciendo terapias de lavados de colon (colónicos), impartiendo instrucciones de alimentación, baños de asiento, hidroterapia, aromaterapia… Preparando fórmulas homeopáticas según las estrictas indicaciones del médico (quién poseía su propia farmacia homeopática) y también las Flores de Bach. Luego siguieron las terapias con cristales, las regresiones conscientes, las imposiciones de mano, los trabajos con los chakras. Después siguieron las charlas, conferencias y talleres. A las Flores de Bach se sumaron las nuevas esencias elaboradas por Andreas Korte y las Orquídeas del Amazonas, los elixires de gemas y cristales, las Flores del Caribe y algunas del Mediterráneo. Y como “guinda” (cereza) en un postre: la radiestesia con el uso práctico del péndulo. Fueron casi cinco años iniciales aprendiendo, recibiendo, entregando… Nunca imaginé siquiera que la gente comenzaría a pedirme que le preparara los elixires florales y que les hablara sobre ello, ese proceso se dio solito. Nunca me planteé dedicar mi vida, mi energía, mi búsqueda entera en esa dirección. Es más, no me sentía ni apta ni calificada “profesionalmente” para realizar algo semejante: todavía le daba exceso de importancia a la preparación académica autorizada: al título. Nunca imaginé tampoco que la “preparación autorizada” me la darían las propias flores y mis maravillosas experiencias de vida con ellas y con toda la obra de Dios, con los seres humanos y con los “Devas” y espíritus de la naturaleza, todos en una única y coherente búsqueda y experiencia viva de Dios y de la oportunidad de ser dichosos, equilibrados, plenos, conscientes, coherentes y saludables: integrándolo todo y encontrando que es tan simple. Nunca imaginé que luego me encontraría compartiendo lo aprendido con grupos de personas que me buscaron y pidieron “Conny, enséñanos”… pero, ¿qué les voy a enseñar?, me preguntaba yo… esto lo aprendí por cuenta propia, me cuestionaba.Hoy en día me siento tan inmensamente agradecida y afortunada. Hoy en día están las Flores de mi Jardín presentes, y el jardín se ha extendido mucho más allá de mi casa terrenal…ahora lo encuentro en cada lugar, en cada mirada, en cada circunstancia…¡Gracias Dios! Gracias a tu creación y a tus criaturas.
Conny Méndez Estévez